miércoles, 29 de febrero de 2012

VII. De mi Alma









Cerré los ojos, al agua, al mundo, al tiempo, a los sentidos. Al abrirlos lo había olvidado todo, sin saber qué o quién era el todo. Miré mi desnudez a través de un cristal líquido que me devolvió mi reflejo; me descubrí como un único ser en la inmensidad de un sueño.

¿Es nacer la primera soledad, vacío sin desconsuelo, novedad de la mente que descubre el cuerpo que la contiene?

El instinto me guió del deseo a los sentidos. Primero fue la vista, luego la piel. Formas sin nombre se deslizaron sin que ninguna despertase en mí la necesidad de detenerme. Algunas al rozarme me revelaban suavidad, hasta que una comenzó a jugar tímidamente conmigo.

—Soy tu Alma, me dijo.

—No te recuerdo, pero me gustas, le respondí.

Me gustaba el color que intuía en sus ojos bajo el filtro mágico del océano, su enorme iris rodeado de azul y dorado, su cuerpo tan distinto al mío, todo él cubierto de un pelo finísimo. Mi Alma no tenía manos ni pies, sí cuatro patas que se deslizaban mansamente a mi lado como si fuésemos, las dos, el mismo ser. Mi alma no era humana.

Se acercaba, se alejaba, pero siempre volvía. Se entretenía jugando con los peces, los hacía bailar a manotazos, los sujetaba con su boca y los liberaba para verlos partir de su boca de dientes afilados como los de un lobo terrestre.

Jugamos juntas, mi Alma y yo, descubriendo el mundo verdi-azul, nos adentramos en las profundidades hasta donde crecen los jardines del océano, hasta donde sólo las Almas y los humanos que las poseen pueden llegar, además de la mitología que cada mente pueda crear. Ellas aparecieron entre un nuevo remolino de algas.

—Parséfone… cantaban en un susurro coral, del agudo al grave, del grave al agudo, las tres, asomando sus rostros entre cardúmenes y multitudes oceánicas, de una en una, desde aires circulares.

Sus sonrisas me resultaron familiares, volvía a reconocer una presencia que me pertenecía. Una estela plateada irradió la voz de la primera.

—Agláope te saluda Parséfone. Bienvenida a la vida.

—¿Parséfone, yo?

—¿Quién si no?

—Teles te saluda Parséfone. Alga nori roja púrpura de los mares de Gales te doy para tu boca de donde crece tu viaje hacia él.

—¿Él?

—Ligia te saluda Sirena solitaria, de todos menos de Él.

Como ayer, las Pomarolas recogieron los versos, trazándolos con sus alas sobre espirulinas, la variedad más milenaria de todas las algas que crecen en el mundo marino. Mientras veía caer entre sus espirales azul verdosos mi nombre y el de mi tríada, recordé mi deseo de él. La razón de mi inmersión, de mi huida, de mis piernas marinas. Mis ojos se abrieron reconociendo la humedad de las lágrimas de su ausencia, se llenaron de imágenes de él, talladas en el agua del iris. El brillo difuso en mi memoria de sus ojos, el sonido grave del susurro de su voz, el camino de ida y regreso de sus caricias.

—Pide a tu Alma que lo encuentre, cantaron al unísono mis criaturas oceánicas.

Las tres sirenas se enroscaron en un torbellino, acentuando la misma sonrisa cómplice de siempre y volvieron a dejarme sola. Mi Alma buscó mis dedos, acerqué su rostro canino al mío y le susurré al oído:

—Búscalo.









Viviana Cecilia Atencio

jueves, 6 de enero de 2011

VI. La Sirena Solitaria

En el océano puedes dormir o soñar de día o de noche. Que la luz del sol se esconda no significa que debas cerrar los ojos.

Muchos seres prefieren la luz blanca de la luna para despertar. Cuando la luz lunar alcanza los ojos de los amantes todos los sueños son posibles.

Los pájaros del mar, a diferencia de los del aire, prefieren volar por las noches y ocultarse a soñar durante el día. De todos ellos las Palomarolas son las más trasnochadas.

Las Palomarolas no se acuestan hasta el amanecer, porque adoran ver salir el sol y acercar sus alas a la superficie para dormirse después de sentir su calor.

El cuerpo de las Palomarolas es de nácar y sus alas, de materia ignorada, se despliegan en el agua creando un filtro de aire que les permite avanzar como pájaros del viento.

Los murmullos de los seres oceánicos me habían dibujado el camino de la Sirena Solitaria. Donde estaba ella, allí estaban las Palomarolas. La Sirena Solitaria adoraba leer los movimientos de sus alas. En su despliegue danzante trazaban colores, formas similares a una escritura ideográfica, que no todos los seres del mar eran capaces de escuchar o descifrar.

Sin duda las Palomarolas eran parte de la comunidad de las sirenas, pero era su condición de solidarias con la soledad lo que las impulsaba a acompañar a la Sirena Solitaria.

Me deslicé por el tiempo del día marino hasta encontrar la noche. Mis ojos se acostumbraron al brillo de la oscuridad. Por fin dejé de sentir las formas lejanas del mundo y los movimientos de mi cuerpo se fundieron con los de la noche.

El sonido de mi respiración, el latir de mi pecho, el infinito atravesándome como humedad, me decían que pronto ellas estarían allí. Y acaso la Sirena…

Reconocí en el tacto la afluencia de sus alas en la tiniebla del todo de la nada. Ellas cobraron vida en mi piel, a través de ella el matiz, la runa, el sonido líquido de sus palabras, adquirieron sentido en mi mente. Las Palomarolas dibujaban con tinta marina indeleble sus palabras, que se hundían, se esparcían en la languidez azul.

Sólo las pieles capaces de sentir sin temor estaban preparadas para escucharlas. Vinieron hacia mí danzando pensamientos ligeros, asimilados de la memoria del agua. Sus alas acariciaron la boa del arcoíris que unas enormes manos de hombre habían perfilado sobre un lado de mi vientre.

—Fue en la isla de Anhatomirim, en la bahía de los golfinhos, me recordó. Atravesando el camino verde, ascendiendo la escalera de piedras blancas. Te miraba a los ojos para detenerse ante tu dolor. Sólo la descubres cuando amas.

Había olvidado que en las profundidades del océano la desnudez es total. Aun cuando los cuerpos se vistan de flores acuáticas, siempre estamos desnudos entre las aguas. Y aquellos que caen vestidos quedan despojados por los suaves o violentos movimientos marinos.

Mi serpiente me miró como avanzando sobre los movimientos del mar, desde los arabescos índigos dibujados sobre el dorado intenso de su piel, que descendía hacia mí, enroscado a un tallo castaño y delgado.

—La buscas.

—La busco.

Comprendí que los recuerdos forman parte del lenguaje del agua. Aquí, cuando dos seres hablan, toda la vida de su mente es percibida por el otro y los otros. Así, los seres del mar no necesitan haber estado en la superficie para conocer los olores, los sabores que guardamos en nosotros mientras no morimos. Mirarse en el mar es saberse.

Es en el océano donde somos manifiestamente, imposible ocultarnos. Aunque las pieles cobardes sean sordas e imperceptibles, vaguen como sombras en los desiertos acuáticos de su mudez.

—Está camino de ti.

—¿Y cómo la reconoceré?

—Ella lleva piernas en lugar de cola de escamas. Su cuerpo es como el tuyo.

—¿Es una mujer?

—Es un mito.

Las Palomarolas hablaban como si fueran una única voz.

—Se parece a una mujer, tiene forma de mujer, ama como mujer, pero es Sirena. Después de todo las sirenas son seres que primero fueron pájaros, y luego peces, pero siempre tuvieron rostro femenino. Y lo femenino fue ganando espacio en ellas. Y todos los seres femeninos del mar aman como mujeres.

—Su nombre es Parséfone, ¿porque es similar a Perséfone, aquella mortal raptada por Hades mientras recogía flores silvestres?

—Dicen que los dioses dieron alas a las sirenas para que fueran en busca de Parséfone…

La tríada de Agláope que danzaba junto a nosotras negó divertida.

—¡No es cierto! Siempre tuvimos alas. Perséfone no fue raptada. Ella amó a Hades desde el momento en que lo descubrió.

—Se fue con él al inframundo para caminar por los Campos Elíseos, para amarlo en la Isla de los Bienaventurados, para visitar la morada de los muertos, para consolar y salvar a los torturados del Tártaro.

Mientras Agláope cantaba acompañada de sus hermanas, las Palomarolas recogían sus versos y los traducían en su lenguaje ideográfico. Cuando las formas caían de sus alas, eran admiradas por todos los seres marinos, que las rozaban para retenerlas en la superficie de su piel.

Un torbellino de luz comenzó a avanzar frente a nosotras, Palomarolas y Sirenas avanzaron sonriendo hacia él. Yo también avancé imitando sus pasos.

—Ahí la tienes Mortal. Oculta entre el vapor de sus cuerpos. Ella y él. Solitaria de todos, menos de él.

—¿Él?

—Su héroe.

No sé si fue la música de sus voces que se fundieron en una misma sinfonía, o los reflejos de esa luz entre las sombras del mundo marino, o el perfume que desprendían los movimientos que no podía ver, pero adivinaba en una sensación cósmica, pero ya no pude distinguir de dónde llegaban la voces, de quién era cada voz.

—Él está aun cuando no está. A veces ellos se distraen con las historias del mar.

—Besan a un pez, sanan a una caracola, nadan junto a los delfines y se pierden entre corrientes contrarias. Pero se buscan, se pierden y se encuentran, incluso cada noche.

—Esa es ella. Ella es siempre él, porque él es su destino, el que ha escogido.

—Sus besos siempre guardan el recuerdo de la ausencia, que duele como el mundo de los hombres. Por eso cada beso es un encuentro y cada distancia la búsqueda de esa boca.

—La separación es un puzle del otro en la memoria: un hombro, una mano, un pie, una espalda, el último gesto o el primero.





Viviana Cecilia Atencio