sábado, 27 de noviembre de 2010

IV. De lágrimas - V. De sirenas

A veces la soledad se hace insoportable por el camino del agua. Los seres van, vienen, viéndose sin verse, viéndome sin verme, o cuando me ven soy yo las que los miro sin verlos.

Buceamos aturdidos de pensamientos, de hambre de alguien, de algo o de algún lugar que ni siquiera nos atrevemos a imaginar por temor a llorar. Porque el llanto es contagioso bajo el agua.

Una lágrima o dos, de belleza o felicidad se transforman en perlas. La melancolía también se deshace en pequeñas lágrimas que dan origen a gemas futuras.

Las lágrimas que nacen de la contemplación de la belleza se transforman en perlas azules. Nadan circularmente en busca del abrazo sólido y cálido del molusco Haliotis Iris y permanecen en él hasta que él muere por sí mismo o en las redes de los hombres.

Las lágrimas de felicidad al caer se convierten en perlas blancas, doradas o rosadas, que se dirigen siempre hacia los mares del sur en busca de formidables ostras marinas.

Las lágrimas de melancolía son gris plateado, como espejos que reflejan recuerdos y nostalgias de ausencias.

Las lágrimas de dolor son negras como la antracita. Su peso es siempre infinito. Al caer estallan en multitud de lágrimas que se confunden en perlas microscópicas que reflejan todos los colores que habitan los océanos.

Esas lágrimas perlas negras hieren en su caída de llanto a los seres del océano que mojan, sumiendo las profundidades en la más absoluta desesperación.

Cuando un pez llora lágrimas oscuras, algo en el agua cambia para siempre, las corrientes enloquecen. Las del sur emigran al norte, las del norte al sur, los demás peces se quedan ciegos de llorar, las algas y los líquenes también se deshacen de llanto, las piedras lloran llantos de arena que nublan y cierran las aguas.

El peor llanto es el de los Hipocampus o caballitos del mar. Ellos nunca son uno solitario, son siempre dos. Porque una vez que aman ya nunca desean vivir separados. Cuando por alguna razón las corrientes los separan o alguno de ellos enferma o muere, su llanto puede ser devastador.

Cuando la hembra o el macho Hipocampus comienzan a llorar el otro se siente morir. Entonces se abrazan sin brazos y juntos se quedan ciegos, llorando, a esperar que pase la tormenta en su hogar de corales.

Porque cuando los seres del mar lloran la lluvia cae invisible sobre la arena que se estremece y tiembla. El corazón del océano late tronando de tal forma que alarma a la comunidad de las sirenas.




V. De sirenas


Las sirenas son los seres más amables del mar, con su canto consuelan el dolor líquido de peces, algas, líquenes, moluscos, caracolas y pajarolas. Son capaces de consolar hasta las piedras.

Nunca nadie ha sabido decirme exactamente cuántas son las sirenas. Aunque los seres oceánicos ancianos dicen que son diez, y que siempre van de a tres.

De modo que existe una Sirena Solitaria, la llamada Parséfone, que habita en las aguas mediterráneas de la ciudad de Nápoles, pero se deja arrastrar por el mundo para sobrevivir a su soledad.

Algunas sirenas son hijas del dios de río Aqueloo y la musa Melpómene, otras del dios marino Forcis y la Musa Terpsícore. La Sirena Solitaria es de origen desconocido.

Aquel día mi dios del agua se había perdido entre bancos de niebla y corrientes adversas, y como todavía no sabía lo que era capaz de producir el llanto en los aires del agua, comencé a llorar lágrimas grises de melancolía.

La sirena de cola plateada se acercó junto a sus dos hermanas y me dijeron sus nombres en su lenguaje de silencios para detener la llegada del dolor.

—Agláope, escuché de los ojos de la sirena de cola plateada.

—Teles, dijo la de la cola verdiazul.

—Ligia, dijo danzando en círculos a mi alrededor la de la cola dorada.

Todas ellas hablaban desde mínimas sonrisas que decían el mundo. Mientras Agláope cantaba, Teles tocaba una lira marina y Ligia bailaba su danza de círculos, arrastrándome con sus movimientos al olvido.

Hasta que olvidé, olvidé todo, hasta mi cuerpo, sólo sentía las vibraciones deliciosas provocadas por la música trial de silencios de las mujeres de piernas veladas.

Agláope cantaba y escribía sus baladas marinas en las algas y líquenes que se enredaban en su piel. Mientras cantaba se movía dulcemente dejando caer sus versos, que se ofrecían a los seres del mar, que se acercaban, los buscaban, los besaban, los guardaban.

—Acaricio tu cuerpo con mi mente.

—Viajo hacia ti con los ojos cerrados, no ciegos.

—La miel del sol está en mi mano que llega a tu boca.

—Avanzas hacia la luz de su piel, te cincelas entre sus dedos que te abrazan.

Lentamente el universo marino alcanzó el sigilo de los amantes que duermen abrazados. Las sirenas detuvieron su concierto, pero los seres del mar continuaron creyendo que cantaban, y se durmieron en un dulce sueño de sirenas.





Viviana Cecilia Atencio

miércoles, 17 de noviembre de 2010

III. El dios


Se puede temblar bajo el agua, sentir frío, calor, y nada. Como en la superficie, el camino se dirige hacia la ausencia del dolor. Aunque la muerte se vea, se sienta diferente.

Cuando los seres del agua terminan de vivir se deshacen en el aire del agua. Cuando desean dejar de ser, sin esperar ningún final, buscan el aire puro que agota su alma.

Se muere aquí más rápido los días de sol.

Las almas líquidas no son inmateriales, como cree un fragmento de humanidad. Sus ánimas son de aire en el agua.

Cuando mueren, sus cuerpos se transforman en polvo de estrellas marinas. Sus espíritus ya nunca más son más que en el recuerdo, que se perderá en la nada de todos los destinos que han acariciado y muerto.

Los dioses de la superficie se sumergen muchas veces durante períodos sin tiempo a vivir como oceánicos. Uno de los más esperados es Apolo. Su presencia enamora tanto a hermafroditas como a hembras y machos.

Cuando desciende en su carro alado se presiente su luz, como Helios. Rápidamente líquenes y algas pardas, rojas y verdes cubren su vehículo protegiéndolo de miradas ansiosas. Ellos saben que el dios adora verlos anclar en la superficie sólida, como un movimiento de protección amorosa hacia él.

También en lo profundo de los mares los dioses son seres de la mente. Son el terror, el deseo, los temores, las pasiones dibujadas como historias que se pueden tocar y realizar.

Helios Apolo baja a veces, durante tiempos oceánicos, en busca de amor. Y yo que nunca imaginé que podría enamorarme de un dios, lo amé apenas me vi en sus ojos.

Estaba embriagada de soledad, de fascinación por el mundo de las corrientes, jugando entre la calidez y la atracción de los polos cuando su presencia lo cambió todo.

Llegó hasta mí en un cono azul y dorado de luz y agua. Una sirena de cola plateada me llevó de la mano. En su lengua de silencios me dijo: “Él ha llegado. Acércate. Deja que se mire en tus ojos mortales.”

No sé si yo ascendí y el descendió o yo descendí y él ascendió, pero me vi en él. Tal vez porque, como su padre Zeus, los olímpicos saben adquirir la forma de nuestros deseos, me perdí en el mundo de su iris.

Mientras nuestros cuerpos se enlazaban en una danza intuida durante millones de vidas, giramos y giramos, hasta ser una sombra única y su luz en el azul.

Todas las corrientes oceánicas se detuvieron en nuestras bocas, en las yemas de nuestros dedos, en la dulce presión de nuestros brazos y nuestras piernas.

Descubrí que allí, bajo el mar, los sentidos se expanden, la vida y la muerte se confunden en los cuerpos que se sostienen y caen amándose.

Mis oídos retuvieron la música de la respiración, del movimiento de todos los seres del agua. Olvidé en la sinestesia de un único cuerpo lo demás.

Él era la razón del océano, la espera sin espera, la llegada y el final, el cielo y la tierra fueron en mí de él, agua.




Viviana Cecilia Atencio


domingo, 7 de noviembre de 2010

II. La sombra


Pasa una sombra clara, veloz. Su roce en el hombro me seduce. Le sonrío, pero pronto descubro que algo crece en el vértice de mi espalda. Me embriago de espanto. Me pierdo en el vértigo del miedo. Es eso o yo. Si crece me secaré de dolor.

Intento espantarla moviéndome a velocidades de muerte, pero no escapa. Sigue creciendo invisible y oscura. Ya duele. Descubro que no soy yo quien puede deshacerla. Busco, cegada por un pavor antiguo, una presencia que es ausencia.

Y lo veo, entre la música que despiden todas las bocas marinas, desde el sonido de miles cuerpos en movimiento. “Siempre he estado aquí, dicen sus ojos, sólo tenías que detenerte a encontrarme”.

“Quítamelo...” suplico con nuestro lenguaje de miradas y burbujas como espejos. ¿Me dice que no puede, que la desaparición de la furtiva es la mía? ¿Somos uno en la muerte, o en la vida?

Un movimiento de mis párpados húmedos y lo pierdo. Desde su mano que casi llega se esfuma, como un vapor de estrellas marinas en una locomotora de espuma.

Me entrego a la gravedad del mar esperando llegar al aire que es el fin. Cuando presiento el sol con que se suicidan los peces la mano vuelve, me lanza hacia el abismo de los océanos con la fuerza del pánico o del amor.

Juega a esconderse como un niño y cuenta números como segundos hacia el descubrimiento. Me mira travieso desde rocas cuyas formas traspasaron vidas, dejando huecos, luces que recuerdan lo que en la superficie llamamos almas.

En un remolino nuestros rostros se tienen frente a frente. Y por fin recuerdo que siempre estuvo allí, en mí, que la espera era absurda: para encontrarnos sólo era necesario seguir las corrientes cálidas del trópico, en un presente que era todo pasado, todo futuro.



Viviana Cecilia Atencio



sábado, 6 de noviembre de 2010

I. Inmersión

Llego desde el aire, desciendo. Alcanzo la arena clara, piel de los océanos. Abro los ojos, miro hacia arriba, hacia los lados. Ellos (mis ojos) y yo nos movemos en círculo. Vemos como ven los peces. Es diferente ver desde las profundidades de lo líquido. Es breve y sostenido. Breve como el aire que intuimos vivir en los pulmones. ¿Cuánto tiempo resistirán? Sostenido en la eternidad de un todo instante, rehén de un final.

Hay algas que entregan dedos verdiazules, como caricias sin manos que jamás se atrevieron a tocarse. Lo único aquí es disolución, cielo, rocas, el cuerpo y su dolor. Nada pesa. Cada la lágrima se confunde, soluble, indivisa, hasta que olvida ser del mal y es sólo bien.

Avanzo atrayendo el horizonte infinito, mientras lo hago sigo quedándome en cada movimiento. Soy el erizo y la estrella, el molusco y la caracola, la perla invisible, la sombra fluida de miles de navíos. Me dejo arrastrar por la corriente de su avance que busca nuevos mares.

En lo uno no importa llorar. Las lágrimas se confunden en el aire del agua. Si lloro nadie, ni yo misma, lo sé. El agua se respira a sí misma. Respira mi dolor y mi sonrisa. Mi corazón late mientras se deshace en un suspiro de burbujas que juegan a buscarse, tocarse, diluirse. En el mundo del azul profundo la soledad es tan inmensa que deja de existir. Porque mi océano es todos los océanos. Aunque presienta los muros en las orillas del mundo. En este abismo vivo cuando no vivo. Cuando soy sueño y vivo.

A veces la humanidad desaparece. Y sólo distingo cuerpos de peces y algas, y un torbellino de minúsculos seres de aire en el agua. Moverme es moverlos. Algunas veces ellos avanzan y me ven, otras se mueven sin verme.

¿Es cierto que respiro, o no respiro? Me detengo y lo intento: creo que sí. Busco un semejante. Hay un tiburón que ríe y avanza a un costado de mí. Somos casi del mismo tamaño, sólo su boca y sus dientes son más grandes que los míos. Y sus pies son aletas que vibran, y no puede abrazarme porque sus alas son demasiado pequeñas. No tengo hambre, pero el sí. Me intuye pero no me mira, juega a comer y come pequeños peces que no llegan a gemir. No hay horror en su boca que se abre.





Viviana Cecilia Atencio