miércoles, 17 de noviembre de 2010

III. El dios


Se puede temblar bajo el agua, sentir frío, calor, y nada. Como en la superficie, el camino se dirige hacia la ausencia del dolor. Aunque la muerte se vea, se sienta diferente.

Cuando los seres del agua terminan de vivir se deshacen en el aire del agua. Cuando desean dejar de ser, sin esperar ningún final, buscan el aire puro que agota su alma.

Se muere aquí más rápido los días de sol.

Las almas líquidas no son inmateriales, como cree un fragmento de humanidad. Sus ánimas son de aire en el agua.

Cuando mueren, sus cuerpos se transforman en polvo de estrellas marinas. Sus espíritus ya nunca más son más que en el recuerdo, que se perderá en la nada de todos los destinos que han acariciado y muerto.

Los dioses de la superficie se sumergen muchas veces durante períodos sin tiempo a vivir como oceánicos. Uno de los más esperados es Apolo. Su presencia enamora tanto a hermafroditas como a hembras y machos.

Cuando desciende en su carro alado se presiente su luz, como Helios. Rápidamente líquenes y algas pardas, rojas y verdes cubren su vehículo protegiéndolo de miradas ansiosas. Ellos saben que el dios adora verlos anclar en la superficie sólida, como un movimiento de protección amorosa hacia él.

También en lo profundo de los mares los dioses son seres de la mente. Son el terror, el deseo, los temores, las pasiones dibujadas como historias que se pueden tocar y realizar.

Helios Apolo baja a veces, durante tiempos oceánicos, en busca de amor. Y yo que nunca imaginé que podría enamorarme de un dios, lo amé apenas me vi en sus ojos.

Estaba embriagada de soledad, de fascinación por el mundo de las corrientes, jugando entre la calidez y la atracción de los polos cuando su presencia lo cambió todo.

Llegó hasta mí en un cono azul y dorado de luz y agua. Una sirena de cola plateada me llevó de la mano. En su lengua de silencios me dijo: “Él ha llegado. Acércate. Deja que se mire en tus ojos mortales.”

No sé si yo ascendí y el descendió o yo descendí y él ascendió, pero me vi en él. Tal vez porque, como su padre Zeus, los olímpicos saben adquirir la forma de nuestros deseos, me perdí en el mundo de su iris.

Mientras nuestros cuerpos se enlazaban en una danza intuida durante millones de vidas, giramos y giramos, hasta ser una sombra única y su luz en el azul.

Todas las corrientes oceánicas se detuvieron en nuestras bocas, en las yemas de nuestros dedos, en la dulce presión de nuestros brazos y nuestras piernas.

Descubrí que allí, bajo el mar, los sentidos se expanden, la vida y la muerte se confunden en los cuerpos que se sostienen y caen amándose.

Mis oídos retuvieron la música de la respiración, del movimiento de todos los seres del agua. Olvidé en la sinestesia de un único cuerpo lo demás.

Él era la razón del océano, la espera sin espera, la llegada y el final, el cielo y la tierra fueron en mí de él, agua.




Viviana Cecilia Atencio


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